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Economía y sentido común
Hace mil años, cuando
todavía había controles de precios y los tenderos acaparaban
a la espera de la autorización gubernamental para aumentarlos, al
entonces joven economista Miguel Urrutia, recién nombrado director
del DNP, se le ocurrió decir en un discurso que los especuladores
son buenos para la economía, o algo parecido. Ello provocó
la indignación de mucha gente, comentarios muy negativos en la prensa
y posiblemente algún regaño en Palacio.
| No sé. Lo cierto es que los especuladores, esos jugadores que compran algodón o maíz hoy para entrega futura, porque le apuestan a que va a estar más caro mañana, sí son muy beneficiosos para la economía. Son los que permiten que el productor asegure sus precios y no tenga que apostarle a la ruleta del futuro. Pero vaya a explicárselo a la opinión pública en un país hispano parlante. Pasarán varias generaciones antes de que alguien diga con orgullo que "me casé con Juan, que es especulador". Lo que para un economista puede ser claro, frecuentemente no tiene el menor sentido para el público. |
La semana pasada apareció un artículo sobre este tema en el Financial Times escrito por Diane Coyle, también autora del libro titulado "Sexo, drogas y economía", que debe ser sobre teoría económica. Ella dice que las discusiones entre economistas y el público son generalmente encuentros del tercer tipo -entre terrícolas y extraterrestres-. Trae a cuento como ejemplo el caso del comercio internacional. Para el terrícola, el objetivo del comercio es venderles cosas a otros países, exportar -nacionalismo por encima del bienestar del consumidor-. Para el economista extraterrestre, el objetivo del comercio es poder importar. Entre más baratos sean los productos importados, mejor para todos porque se incrementa el bienestar de la nación. Las exportaciones son la manera de pagar por esas importaciones, así como el salario en el caso de un individuo es el medio para adquirir comida, ropa, educación y otros bienes de consumo. A ningún individuo cuerdo se le ocurriría vender y vender trabajo pero sin adquirir nada a cambio. Pero sí se espera que la economía trate de exportar de todo pero no deje importar nada. ¿Cuál sería entonces el objetivo de exportar? ¿Acumular reservas? Estos argumentos ignoran además, como nos lo recordó recientemente Rodrigo Botero en "El Colombiano", que los aranceles y las trabas a las importaciones se convierten en efecto en impuestos y trabas que impiden exportar. Otro ejemplo de cómo el sentido común engaña.
El último episodio
de incomprensión entre los economistas y el público ha sido
sobre el precio de la comida. Para un economista es claro que si producir
trigo en Argentina, Canadá o en Estados Unidos cuesta mucho menos
que producirlo aquí, hay que importarlo.
| Y si en Estados Unidos lo subsidian, entonces hay que traerlo de allá. Un consumidor, con libertad para escoger, no compraría trigo producido en el país a menos que lo obliguen. Pero Lucho Garzón y otros paladines de la clase trabajadora creen firmemente que hay que obligarla a consumir maíz caro o a pagar más por el trigo. Eso es equivalente a bajar el salario porque si obligan, vía aranceles, a los consumidores a pagar más por la comida, pueden comprar mucho menos comida. ¿Por qué es tan difícil entender que subir el arancel del trigo perjudica mucho más a los pobres? ¿El pan pesa más en su canasta de consumo? ¿Por qué todo el mundo piensa que un ministro empeñado en quitarle la comida de la boca a la gente es un héroe nacional? Un médico inglés vino de voluntario a trabajar en un pueblo de la Costa. La gente pasaba hambre pero dejaban podrir las sandías................. |
Creían que si se comían
esa fruta y tomaban ron podían morir envenenados. El inglés,
para demostrarles que estaban equivocados, decidió sentarse cada
sábado en la plaza a comer sandía y a tomar ron. Al cabo
de unas semanas tuvo que irse porque creyeron que se había vuelto
loco. ¿Tendrán que volver a Marte los economistas?