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Mary Anastasia
O'GradyEditora
de la columna The Americas, editorialista de The Wall Street Journal
y
una de las editoras del "Índice de Libertad Económica
de 2002"
El FMI perdió la brújula
Es bien sabido que el Fondo Monetario Internacional fue creado en una época de tasas de cambio fijas para ayudar a los países a enfrentar eventuales crisis en sus balanzas de pagos. Lo que no está claro es cuál es el papel del FMI en un mundo que ya no tiene tasas de cambio fijas. Hasta pareciera que el mismo fondo no tiene la respuesta a esta pregunta. Como demostró la crisis Argentina, este giro hace que el fondo se haya convertido en una amenaza a la estabilidad financiera, en lugar de un protector de ésta.
Al no tener clara su razón de ser, el FMI ha caído en las manos de ideólogos que piensan que los países pobres tienen el derecho a exigir un acceso barato al capital internacional. Esto, obviamente, hace que la relación entre el FMI y el país que pide prestado sea bastante parecida a la que existe entre un ingenuo trabajador social y un beneficiario de la seguridad social, cuando el empleado estatal mantiene al receptor en la lista para que siga recibiendo sus beneficios, aunque esté claro que éste no tenga la más mínima intención de reformar su vida. Un miembro de la Duma, el parlamento ruso, me dijo hace un par de años que Rusia comenzó a tomar buenas decisiones después que el FMI dejó el país.
Durante muchos años la misión del FMI en Argentina parecía ser mantener al país fuera del default con paquetes de "ayuda" entregados regularmente. El fondo dio muchos malos consejos –como aumentar impuestos– mientras le daba a los políticos argentinos señales de que el FMI seguiría prestando dinero mientras fuera necesario. Si el FMI no hubiera distorsionado la realidad y ofuscado la relación entre impuestos, gasto público, préstamos y crecimiento, Argentina posiblemente hubiera tomado decisiones más racionales.
El fondo se resistió a permitir que Argentina incumpliera sus pagos, por el temor que si un mercado emergente –especialmente uno con tanta deuda– no cumplía sus compromisos, el default podría gatillar ventas masivas de papeles de todos los mercados emergentes. El efecto dominó en todo el mundo sería catastrófico. Detener este "contagio" era visto como una misión sagrada e indispensable. Así que era fácil justificar las continuas inyecciones de dinero a países al borde del default.
El riesgo de contagio era, claramente, exagerado. Pero, debido al hecho que el mercado esperaba ser rescatado por el FMI, hacía caso omiso a los riesgos. El resultado fue que países que no estaban en condiciones de hacerlo acumularon deuda soberana, así como riesgo moral.
En agosto de 2001, la administración del presidente George W. Bush hizo un último, y de-safortunado, intento por tratar de eludir el default de Argentina. Sin embargo, para entonces, también estaba enviando señales de que iba a sellar los agujeros. Cuando Argentina cayó en default en diciembre, la expectativa ya estaba incorporada a los precios. No hubo contagio financiero.
Permitir que Argentina fallara era tremendamente importante para alcanzar la meta a largo plazo de restaurar la racionalidad a los mercados financieros. Está por verse si el fondo mantendrá la política de "no más rescates", pero para mantener a la burocracia a raya, el sector privado también tendrá que demostrar que sabe enfrentar las consecuencias –los defaults– en forma efectiva. En este caso, tiene que demostrar que puede solucionar el dilema de cómo reestructurar la deuda de 600.000 inversionistas individuales que tienen bonos argentinos denominados en euros. Si no lo logran, el FMI podría sentirse obligado a resucitar su propuesta de crear una corte mundial para la bancarrota –el llamado Mecanismo de Reestructuración de Deuda Soberana–, lo que, obviamente, aumentaría su poder político en las crisis de mercados emergentes, incluso si la política de "no más rescates" sigue en pie.
El lanzamiento este nueve de mayo de la
Agencia de Reestructuración de Bonos Argentinos (Abra, por su sigla
en inglés), que centralizará bonos en Europa Central y contratará
a un negociador para representar sus intereses en la mesa, es un paso en
la dirección correcta. Inversionistas italianos tienen una asociación
similar y podría cooperar con Abra, al igual que inversionistas
japoneses. Si Abra es exitosa, será un ejemplo de una solución
del sector privado a una crisis de deuda soberana. Eso pondrá en
jaque la ideología del FMI.
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